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Huesca y la fiesta de los toros de mi Españita

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Hay muchos tipos de plazas de toros. Están las que rugen como ninguna, como Madrid. Las que convierten el silencio en la más bella melodía, como Sevilla. Las bullangueras, donde todo es fiesta y diversión, como Pamplona. También están aquellas que, aunque atraviesen una mala racha, seguirán conservando su sello propio del respeto al toro y el albero oscuro, como Bilbao. Otras que, aunque algunos se empeñen en maltratarlas año tras año, nunca perderán su categoría, como Zaragoza. Las hay también en el norte, junto al mar Cantábrico, con una afición de categoría, como Gijón o Santander. Al sur, con un encanto especial, como Málaga, Huelva o Almería. Frente al Mediterráneo, como Valencia, Castellón y Alicante. O al oeste, como Badajoz. Hay tantas plazas como colores. Las hay para todos los gustos. Pero las que dejan un recuerdo más profundo en los aficionados son aquellas que consiguen lo más difícil hoy en día: tener personalidad propia. Y Huesca es una de ellas.

Como reconocía este jueves el abogado Joaquín Moeckel en el callejón de la plaza, venir a los toros en Huesca es sentir y experimentar la fiesta en su máxima expresión. La misma ‘Fiesta’ que inmortalizara Hemingway con una obra que es ya centenaria y que se encargó de explicar al mundo los entresijos de los toros con un lienzo inigualable como Pamplona. Ese cóctel explosivo de fiesta, alcohol, amor, sexo… Todo ello, no con el toro como trasfondo, sino con el cornúpeta como auténtico eje sobre el que pivotan todas las emociones humanas.

En la sociedad de la impaciencia, del ritmo vertiginoso, de la superficialidad, de la estética, de los nuevos templos consagrados a deidades efímeras, a veces, y solo a veces, el tiempo se detiene. Fruto de la obsesión del ser humano de querer pararlo. De buscar la huida de una rutina que lo asfixia. Y la encuentra en la fiesta. En unos tendidos de sol poblados de pañuelos verdes y en una feria taurina de la Albahaca que tiene salud para rato.

La Españita de siempre -la de charanga y pandereta de Antonio Machado– sigue muy viva en los tendidos de la plaza de toros de Huesca. Está reflejada en los niños que no dudan en saltar de la barrera al callejón para abrazar a sus ídolos, los toreros. En los jóvenes ataviados con el pañuelo verde y la camiseta blanca que se dejan la voz al compás de los cánticos de las peñas. En las banderas que ondean en los tendidos de sol, ya sean de España, de Aragón, o de la SD Huesca. O en la Copa del Mundo de cartón con la cara de Luis de La Fuente que han paseado estos días los toreros en sus vueltas al ruedo…

Un ambiente de tarde de toros en su máximo esplendor, en el que los toreros se sienten como lo que son. Porque la algarabía y el júbilo, la ola que empieza en los tendidos de sol y termina contagiando a toda la plaza, es lo que da sentido a una fiesta en la que todo gira en torno al toro.

Muy pocas plazas pueden presumir de la salud de la Feria de San Lorenzo de Huesca. Una ciudad que, a los pies del Pirineo, nos recuerda, año tras año, que las plazas de toros son lugares de reencuentro, alegría y fiesta. Escenarios donde, como decía Hemingway, los toreros, y también los aficionados, viven la vida en toda su intensidad.

Fuente: Javier Espada

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