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Manuel de la Fuente Doctor Honoris Causa Universidad de los Andes de Mérida-Venezuela

CÍRCULO TAURINO AMIGOS DE LA DINASTÍA BIENVENIDA


Manuel de la Fuente
Doctor Honoris Causa
Universidad de los Andes de Mérida-Venezuela



Nuestro socio Manuel de la Fuente, I Premio "Bienvenida a la Torería" por el Capítulo de Mérida, universal escultor gaditano, gloria de Venezuela y España, ha recibido el título de Doctor Honoris Causa en Arte por la Universidad de los Andes de Mérida.
Con tal motivo, y en su honor, le ha dedicado un magnífico artículo, que se adjunta, nuestro "Socio de Honor" Fortunato González, Director de la Cátedra de Tauromaquia "G. Briceño Ferrigni" de la misma Universidad.
En nombre de nuestro Círculo expresamos nuestras más efusivas felicitaciones al nuevo Doctor Honoris Causa, a la U.L.A., y al catedrático Fortunato González.

Saludos cordiales.
Antonio Martin
Gabinete de Prensa
Madrid 28 de Abril de 2009

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- Publicado en el Diario "Frontera" de Mérida -

" MANUEL DE LA FUENTE "

Fortunato González Cruz

Por la calle real



¡Sentimiento! Repetida en su discurso como para dejar constancia que allá, de cara a un mar que no se sabe si comienza o termina para prolongar o dar fin al inmenso y tenebroso océano, la palabra esencial cuaja en carne y huesos, espíritu y genio, hechura de una estirpe que resume todas las razas en fragua de marismas y sonidos de aves marinas.



Ha podido cantar allí mismo en el Aula Magna los versos de Rafael Alberti:

¡Si yo hubiera podido, oh Cádiz, a tu vera,

hoy, junto a ti, metido en tus raíces,

hablarte como entonces,

como cuando descalzo por tus verdes orillas

iba a tu mar robándole caracoles y algas!



Nuestro Arzobispo lo dijo mejor al pintar la influencia del Puerto en el sentimiento de Manuel de la Fuente, porque en cada boceto y en cada obra pequeña o monumental se encuentran las olas, las aves, los aromas, los muros y los siglos de Cádiz, la naturaleza tan local y tan universal del gaditano. ¡Claro! De cara al mar los sueños no soportan amarras. Quizás tampoco aquí en Los Andes, pese a que el horizonte ilimitado solo se alcanza mirando al cielo. Quizás en el fondo eso explica que Manuel de la Fuente suelte su nostalgia de mar en el Valle Grande, y la nostalgia de Mérida donde no se sabe si comienza o termina el Mediterráneo.



A decir de Ednodio Quintero, quien sabe porque comparte con Manuel de La Fuente sentimientos semejantes, con nieblas de páramo que a veces traen del mar una extraviada tijereta, son las multitudes donde el escultor deshace los hechizos y le da rienda suelta a la musa que inspira y al ángel que alumbra. En ellas, en particular en el “Cristo de las Multitudes”, además, el duende rompe formas y paradigmas para hacer del barro y del bronce un grito desgarrador, como en las pinturas negras de Goya, o en la garganta de Pastora Pavón, la “Niña de los Peines”, a quien escuchó en alguna taberna a la orillas del mar, o en el Llanto por Ignacio Sánchez Mejía de Federico García Lorca, a quien el escultor venera como un dios.



Para ternura basta un becerro de pura casta, al carboncillo, preludio del imponente toro de lidia que, fundido en bronce, dejará constancia de su trapío y de su bravura cuando vaya al encuentro con la muerte. Lo erótico lo modela en el cuerpo mestizo de una adolescente merideña que exhibe impúdica sus formas en Los Chorros de Milla y en los llanos de Casanare; o en los pechos de Marilyn Monroe: dos pitones tan fieros y peligrosos como los de un miura.



¡Sentimiento! Capaz de despertar emociones en quien contempla la obra. Disciplina y constancia. Es el estudio, el dominio de la técnica, todos los días sin pausa. La sabiduría para descubrir en el mármol la obra artística que oculta. Es lo que destaca la Universidad de Los Andes cuando lo hace su doctor honoris causa y lo coloca con Carlos Cruz Diez, también Doctor en Arte de nuestra joven Facultad. Pero conocimiento y sabiduría no bastan. Sin el corazón grande que estremece, sin la sensible mirada que ve más, y sin manos hábiles para dominar las formas no hay arte. Es la sensibilidad con la que se nace y que se cultiva con el tiempo lo que permite que el artista Manuel de la Fuente ponga en bronce todo el dolor en sus multitudes, toda la casta milenaria en un toro, la sinfonía en un pase de pecho de Juan Belmonte, la síntesis creadora en una composición expresionista en la que reverencia a Pablo Picasso.



Con los ensayos de Mariano Picón Salas, las crónicas de don Tulio, las narraciones de Ednodio y el trabajo artístico de muchos otros que forman una pléyade propia de una ciudad afortunada, la obra de este nuevo doctor es un patrimonio colectivo que agiganta el prestigio de Mérida como ciudad culta.



Como lo dijo en su discurso de recepción del título académico, antes que artista hay que ser señor, y ser señor en Mérida habiendo nacido en Cádiz no podía tener otra expresión que su testimonio de ciudadanía, volcarse a la enseñanza y dar una sensible lección estética: Ser gaditano en la montaña y merideño en el mar. Tal local y tan global, como su obra artística.









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